Del Hosanna al Calvario: El Sacrificio de Jesús

En la narrativa sobre la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, se destaca la paradoja de cómo el Todopoderoso, el Creador del universo, necesitaba de un burro y un pollino para cumplir su propósito divino.

Este evento simbólico evoca la antigua señal de la realeza asociada con el Rey Salomón, pero ahora, Jesús se revela como el verdadero Rey, Profeta y Sacerdote. A pesar de las expectativas mesiánicas terrenales, la multitud aclama a Jesús con “Hosanna”, reconociendo su poder salvador, pero sin comprender plenamente el sacrificio que se avecina.

La entrada de Jesús en Jerusalén no es un mero evento histórico, sino un momento cargado de significado teológico. Él viene humildemente, montado en un burro, no para escapar de su destino, sino para acercarse a su cruz. Aunque la multitud lo alaba con “Hosanna”, aún no comprende que su verdadero propósito es salvar a la humanidad del pecado.

El relato resalta la necesidad humana de un Salvador, ya que los lazos del pecado son fatales y nos impiden tener una relación correcta con Dios. Solo a través del sacrificio de un Hombre sin pecado, Jesucristo, el Ungido de Dios, se pueden romper estos lazos y obtener la redención.

Jesús entra en Jerusalén para liberar a la humanidad del pecado y la muerte. Su sacrificio en la cruz es el acto definitivo de amor, donde su vida se ofrece como pago por nuestros pecados. A través de su muerte y resurrección, Jesús nos ofrece vida eterna y la posibilidad de reconciliación con Dios.

Así, la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén no solo marca el comienzo de la Semana Santa, sino que también revela su papel como Sumo Sacerdote y Sacrificio perfecto. En él, encontramos la esperanza de salvación y la promesa de vida eterna para todos los que creen en él y claman “Hosanna” como súplica de salvación.

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