
Sermón – Isaías 10:33-11:10, Romanos15:14-29 y Lucas 3:1-18
Salutación: «La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros. Amén.» (2º Corintios 13:14)
Queridos hermanos, hoy la Iglesia te invita a vivir un tiempo nuevo: el Adviento. No es simplemente el “preámbulo de la Navidad”, es un regalo de Dios para que prepares tu corazón. En el Evangelio se alza una voz fuerte, clara, que también hoy quiere llegar hasta ti: la voz de Juan el Bautista que grita: «Prepara el camino del Señor».
Tú sabes que muy pronto llegará la Navidad. Las calles se llenarán de luces, de escaparates decorados, de villancicos. En las casas aparecerán los árboles de Navidad, los belenes, las coronas de Adviento. Todo eso es hermoso. Pero si te descuidas, puedes quedarte solo en lo exterior: en la luz de fuera, mientras dentro de ti hay rincones en sombra que no quieres mirar.
Y, sin embargo, Dios hoy te pide algo muy concreto: “Deja de mirar solo el envoltorio… y atrévete a mirar tu corazón.”
Quizá en tu vida te has acostumbrado a mostrar una imagen “correcta”, “ordenada”, “cristiana”, pero dentro a veces te sientes vacío, cansado, herido, con culpas que arrastras desde hace años. Como si llevaras puesta una sonrisa por fuera, pero por dentro estuvieras en una pequeña cárcel invisible que nadie ve… salvo tú y Dios.
Por eso aparece Juan el Bautista. No para asustarte, sino para despertarte. Lucas nos cuenta que, en medio de gobernantes, reyes y poderosos, la Palabra de Dios no fue a un palacio, sino a un hombre en el desierto. Y esa Palabra, desde el desierto, llega hoy hasta tu vida concreta, a tu historia, a tus heridas, a tu pecado.
Juan te habla con sinceridad: “Endereza lo torcido. Rellena los valles. Rebaja los montes del orgullo. Hazle sitio a Dios”.
Y tú, escuchándolo, quizá te reconoces:
— Sí, Señor, hay cosas torcidas en mí. Hay valles de tristeza, de desánimo. Hay montes de orgullo que me impiden pedir perdón.
Hoy te digo una buena noticia: “No estás solo en eso, Dios te quiere cuidar”.
La Palabra de Dios te recuerda que todos somos pecadores. Hay pecados que te pesan, decisiones de las que te avergüenzas, cosas que preferirías borrar de tu memoria y no puedes. En más de una ocasión te has sentido indefenso, sin saber qué hacer con esa carga interior.
Entonces, ¿dónde hoy está tu esperanza? ¿Quién tiene la llave de esa prisión que a veces sientes en el corazón? Aquí entra la belleza del Adviento: “No esperas a un desconocido, esperas a un Salvador”.
El profeta Isaías describe una escena impresionante: todo parece talado, destruido, como un bosque arrasado donde ya no queda vida. Pero, de pronto, anuncia: «Brotará un renuevo del tronco de Jesé; un vástago florecerá de sus raíces».
Donde tú solo ves troncos secos —errores, fracasos, pecados, cansancio— Dios ve el lugar perfecto para hacer brotar algo nuevo en ti. Ese vástago es Cristo, tu Mesías. Sobre Él reposa el Espíritu del Señor: Espíritu de sabiduría, de fortaleza, de consejo, de temor de Dios.
En Cristo todo el caos se ordena, todo lo roto se recompone, todo lo muerto recibe vida. Cristo viene a ti como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.
Si Él quita el pecado del mundo, eso significa que también puede quitar el tuyo. Si Él carga con el peso del mundo, también puede cargar con el peso que llevas tú.
El Hijo de Dios se hizo niño, pequeño, frágil, como tú lo fuiste un día. Se hizo hombre para vivir como tú, para sufrir como tú, para ser tentado como tú… pero sin pecar. Y todo esto con un fin: morir por ti y resucitar por ti, para que tú tengas vida nueva.
Por eso la fe no es un adorno espiritual opcional; es la mano con la que te agarras a Cristo. Pídele cada día al Espíritu Santo: “Espíritu de Dios, aumenta mi fe. Entra en mi interior. Transforma mi corazón. Porque yo no puedo.”
Cuando el Espíritu obra en ti, tu vida ya no es una celda, sino un campo abierto donde puedes caminar en libertad, sin la cadena permanente de la culpa.
San Pablo, en la carta a los Romanos, llama a Dios «el Dios de la esperanza» y pide que Él te llene de gozo y de paz en el creer, para que reboses de esperanza por la fuerza del Espíritu Santo. Eso quiere el Señor para ti: no una vida gris, resignada, sino una vida llena de esperanza, de sentido y de paz.
Y en medio de todo esto, aparece el don que marcó tu historia: TU BAUTISMO.
Para Juan, junto al Jordán, el agua era signo de conversión. Para ti, el Bautismo es mucho más: es un nuevo nacimiento. Ese día, quizá cuando eras pequeño, algunos cuando eran mayores, Dios pronunció tu nombre y dijo: “Tú eres mío”.
El sacerdote pronunció la formula trinitaria, te bautizó con agua, y quedaste sellado para siempre en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Ese día, sin que tú lo supieras, se abrió para ti una historia nueva.
Desde entonces, no eres simplemente “alguien que cree en Dios”. Eres hijo de Dios.
Dios es tu Padre: un Padre que te cuida, que te acompaña, que te corrige por amor, que te espera cuando te alejas, que se alegra de cada paso de conversión que das.
Si aún no estás bautizado, el mensaje de hoy es claro: no sigas posponiendo esta gracia de Dios. Acércate a la Iglesia, pide el Bautismo. No es un rito vacío; es Dios tomando posesión amorosa de tu vida.
Y si ya estás bautizado, recuerda: tu Bautismo no fue solo un recuerdo bonito del pasado, algo que “ya pasó”. Abarca toda tu vida. Cada mañana puedes decir: “Señor, hoy quiero vivir como lo que soy: bautizado, tuyo, hijo tuyo. No permitas que viva como si no te conociera”.
Si hay algo que te pesa, no tengas miedo de presentárselo a Dios. Arrepiéntete, confiésalo, abre tu corazón. El Señor no se cansa de perdonarte. Él mismo te dice: «Yo soy el que borra tus pecados, y no me acordaré más de tus culpas».
Esa es la buena noticia para ti hoy, en este Adviento:
• Cristo, el Mesías prometido, ha ganado tu perdón.
• Dios es tu Padre, y no busca tu condenación, sino tu salvación.
• El Espíritu Santo quiere transformar tu interior, sanar tus heridas, enderezar tus caminos, encender tu esperanza.
Mientras el mundo enciende luces en las calles, Dios quiere encender una luz mucho más profunda en tu vida, en tu corazón, en tu historia.
Deja que este Adviento no pase como uno más. Deja que sea un tiempo en el que, de verdad, prepares el camino del Señor en tu vida: con fe, con arrepentimiento sincero, con deseo de conversión diaria y con confianza en la misericordia de Dios.
Votum: «La paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guarde vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús. Amén.» (Filipenses 4:7)
Padre Alejandro Sánchez



