
Domingo de Palmas o Ramos – Reflexión dominical
El Domingo de Ramos nos coloca al borde de un misterio tremendo y luminoso: la Pasión del Señor. Vemos a Jesús, Rey eterno, engendrado antes de todos los siglos, igual al Padre y al Espíritu Santo, entrando en Jerusalén no con la gloria de un conquistador, sino con la mansedumbre del Siervo que se entrega. Él, que es consustancial al Padre, que reina desde siempre en unidad trinitaria sin cambio, sin división, se hace carne, y en esa carne, cabalga un pollino. ¡Qué paradoja! El Creador del universo se deja aclamar por los sencillos, por niños y pobres, montado en el hijo de una asna. Aquel a quien los ángeles sirven, se deja cubrir con mantos humanos y rodear de ramos que pronto se secarán. Pero lo hace por amor. Lo hace porque el “Señor lo necesita”.
Las multitudes gritan: “¡Hosanna al Hijo de David!”, y sin saberlo, proclaman al Mesías prometido, al que los profetas anunciaron, al Redentor del mundo. Pero Él no entra para recibir coronas de oro, sino una corona de espinas. No va al templo para ser entronizado, sino para purificarlo. No va a buscar gloria, sino a cargar una cruz. Jesús sabe que el mismo pueblo que lo aclama, pronto lo rechazará. Y sin embargo, no se echa atrás. Porque el Rey humilde ha venido a reinar no desde un trono de marfil, sino desde el madero de la cruz, donde será elevado para atraer a todos hacia sí.
Este día nos invita a una fe profunda. Nos recuerda que Dios no se impone con poder mundano, sino que se ofrece en silencio. Que la Trinidad Santísima, única en poder, voluntad y divinidad, ha obrado nuestra salvación con unidad perfecta: el Padre enviando, el Hijo obedeciendo, el Espíritu obrando en lo oculto. Como fieles, estamos llamados a responder con la misma humildad: dejando que el Señor “entre” en nuestro corazón, aunque lo encuentre lleno de ramas secas, de polvo y ruido. Que entre, y lo convierta en templo.
Celebremos este día no sólo con palmas en las manos, sino con entrega del alma. Que el Rey que vino para nuestra redención nos libre de las cadenas de nuestros pecados. Que su entrada en Jerusalén sea también su entrada definitiva en nuestra historia. Y que, al confesar la fe trinitaria, sin temor ni tibieza, podamos ser herederos del Reino que no tendrá fin. Entonces, junto con los ángeles y santos, cantaremos no un “hosanna” pasajero, sino el eterno “Santo” de los redimidos.
Padre Alejandro Sánchez



