Jesús y los endemoniados

Reflexión dominical

Isaías 40:26-31 | Filipenses 2:5-18 | Mateo 8:28-34

  • Isaías 40:26-31 nos invita a levantar la mirada hacia el cielo y reconocer a Dios como el Creador de todo lo que existe.
    • El profeta nos enseña que, aunque los jóvenes se cansan y los fuertes se fatigan, «aquellos que esperan en el Señor renovarán sus fuerzas».
      • Este mensaje es un consuelo para todas las personas que se sienten agotadas o sin fuerzas:
        • Dios no se cansa ni se fatiga, y Él nos da energía nueva cuando confiamos en Él.
        • La verdadera fortaleza no viene de nosotros mismos, sino de poner nuestra esperanza en Dios.
  • Filipenses 2:5-18 nos presenta el ejemplo perfecto de humildad y obediencia en Jesucristo.
    • San Pablo nos enseña que Jesús, siendo Dios, no se aferró a su poder, sino que se hizo siervo y obedeció hasta la muerte en la cruz.
    • Por eso, Dios lo exaltó sobre todo.
      • Este pasaje nos instruye a tener los mismos sentimientos de Cristo:
        • a servir a los demás con humildad,
        • a obedecer a Dios sin quejarnos,
        • y a brillar como luces en medio del mundo.
        • Nuestra vida debe reflejar el amor de Dios a través del servicio sencillo y generoso.
  • Mateo 8:28-34 nos muestra el poder liberador de Jesús sobre el mal.
    • Los endemoniados de Gerasa vivían esclavizados, pero al encontrarse con Cristo, fueron liberados.
    • Sin embargo, los habitantes del pueblo, al ver que Jesús había afectado sus bienes materiales (los cerdos), le pidieron que se marchara.
      • Esta escena nos enseña una verdad importante: a veces preferimos nuestras comodidades y posesiones antes que dejar que Jesús transforme nuestra vida.
      • El encuentro con Cristo siempre produce cambios, y debemos estar dispuestos a dejar que Él libere las áreas oscuras de nuestro corazón, aunque eso signifique renunciar a algo.
  1. En el Bautismo, como los endemoniados liberados por Jesús, fuimos rescatados del poder del mal y del pecado para comenzar una vida nueva en Cristo. Ese sacramento nos marcó como hijos de Dios y nos llamó a brillar como luces en el mundo, tal como nos pide San Pablo.
  2. En la Santa Cena o Eucaristía, renovamos esas fuerzas de las que habla Isaías; allí Jesús se hace alimento para nuestro camino, nos da su propio Cuerpo y Sangre para que tengamos la fuerza de vivir con humildad y servicio, imitando su ejemplo.

Vivir en armonía con la voluntad divina significa, entonces, recordar constantemente nuestro Bautismo, alimentarnos frecuentemente con la Eucaristía y permitir que estos sacramentos renueven nuestra vida para servir a los demás con amor.

Padre Alejandro Sánchez

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