
Reflexión dominical
Jer 32,26-35 revela el contraste entre el “Yo soy el Señor… ¿hay algo imposible para mí?” (v.27) y un pueblo que ha endurecido el corazón con idolatrías, incluso profanando lo santo. La “imposibilidad” que Dios desmiente no es sólo la de intervenir en la historia, sino la de rehacer un corazón roto. El juicio que Jeremías anuncia no es capricho: es la defensa de la alianza frente a la traición constante. Aquí late un principio: Dios es absolutamente fiel y quiere un pueblo de corazón indiviso.
Ef 3,1-7 proclama que el “misterio” oculto se ha manifestado: los gentiles son coherederos, miembros del mismo Cuerpo y partícipes de la Promesa en Cristo por el Evangelio (v.6). La fidelidad de Dios denunciada por Jeremías ahora se muestra sobreabundante: no sólo restaura a Israel; ensancha la alianza para abrazar a todos en Cristo. Pablo se sabe “administrador” de esa gracia; el Evangelio no es botín privado, sino don para ser dispensado.
En Lc 18,15-17, Jesús corrige a los discípulos: “De los que son como ellos es el Reino… quien no lo reciba como un niño no entrará en él.” No se trata de ingenuidad, sino de docilidad confiada, apertura que deja a Dios ser Dios. El Reino no se conquista; se recibe. Así se resuelve la tensión: ante la infidelidad humana (Jeremías), Dios regala una pertenencia universal (Efesios), pero esa pertenencia se acoge con corazón filial (Lucas).
Dios pregunta por boca de Jeremías: “¿Hay algo imposible para mí?” (Jer 32,27). Frente a un pueblo que ha profanado la alianza, el Señor no se cansa: Él puede rehacer el corazón. Ese poder creador se nos entrega en el Bautismo, donde no solo se lavan culpas: nacemos de nuevo y somos injertados en un pueblo que no conoce fronteras. Pablo lo llama “misterio”: en Cristo, los de lejos y los de cerca somos coherederos, miembros de un mismo Cuerpo (Ef 3,6). Por eso el agua bautismal no es un rito privado, sino la puerta a una pertenencia más grande que nuestras historias y heridas. Y esa puerta se atraviesa como enseña Jesús al bendecir a los pequeños: el Reino se recibe con la confianza sencilla de un niño (Lc 18,15-17).
Pero esa pertenencia se resiente cuando volvemos a nuestros ídolos. La Confesión es entonces el lugar donde la verdad de Jeremías se hace medicina: nombramos nuestras infidelidades y Dios realiza otra vez lo “imposible”: recrea, reconcilia, devuelve la confianza filial. Y así llegamos a la Santa Cena, mesa de la alianza nueva. Allí donde el antiguo templo fue profanado, Cristo mismo nos introduce en el Santuario verdadero y nos alimenta con su Cuerpo para hacer de muchos un solo Cuerpo. No venimos a probar méritos, sino a extender las manos como niños hambrientos. Bautismo que nos hace nacer, Reconciliación que nos hace volver, Eucaristía que nos hace permanecer: tres toques de la misma gracia, por la cual Dios cumple su promesa, derriba fronteras y nos educa en la humilde alegría de los hijos.
Padre Alejandro Sánchez



